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En un lugar solitario (Joy Division)

23 de Diciembre de 2008

Tras el esperado visionado de Control junto a la incomparable Teresa llegamos a las necesarias conclusiones sobre sus luces y sombras; que si demasiado enfocada en la disyuntiva amorosa del pobre Ian, que si apenas incide en materia compositiva o de banda, que a veces Corbijn consigue explicar casi la película al completo con un solo plano… En fin, una suerte de opiniones bien dispares que gustoso estaría dispuesto a comentar con un buen café delante pero no en esta entrada, cuyo propósito es otro.

Control acaba con Atmosphere, un temazo como una catedral y de lo más apropiado para semejante final, pero bien podría haber tenido lo siguiente el colofón:

In a Lonely Place
Pinche usted para descargar. Estaría muy feo continuar leyendo sin escuchar lo que tan amablemente aquí les ofrezco.

Puedo decir, sin temor a que la exaltación del momento me influya demasiado, que se trata de la canción más fúnebre y a la vez solemne y hermosa que nunca haya escuchado, un auténtico epitafio sonoro que desprende muerte y desolación en cada una de sus notas. A la brutal carga emotiva de la propia composición, añadamos el hecho de que se trate de una maqueta cuya casi inexistente producción dota al conjunto de ese halo frío, lejano y perturbador que equivaldría en lo visual a una vieja construcción derruida, con la consiguiente inyección de emociones que estas localizaciones nos producen (más a unos que a otros).

Y como ocurre con el demoledor ¿Dónde acabará todo esto? de The Day of the Lords o el angustioso ¿Dónde han estado? referente a los misteriosos y torturados individuos de Decades, el estribillo-lamento de En un lugar solitario se graba con fuego en la memoria por su monumental fuerza evocadora:

How i wish you were here with me now

Díganme, después de haber asimilado la escucha… ¿Alguien se extraña del desenlace de esta historia?

Iván el Terrible

12 de Diciembre de 2008

Iván ya torturaba animales desde edades muy tempranas. Con apenas 12 años mandó arrojar a cierto noble boyardo a una jauría de perros hambrientos que lo devoró vivo.

Ya afianzado en el poder, Iván creó la la Oprichnina, cuyos miembros, los oprichniki, una suerte de monjes guerreros de riguroso luto y cuyos caballos también eran negros, sembraron el terror por todo el territorio ruso, ejecutando arbitrariamente y expandiendo el caos en nombre del Zar por medio de los métodos más espantosos imaginables. En una sola noche arrasaron una aldea completa, masacrando a unos 60.000 habitantes. Según Iván, se trataba de una “aldea traidora“.

Iván mató a su propio hijo. Le propinó un fuerte golpe en la cabeza con su inseparable mazo de guerra. Esta impresionante pintura del ucraniano Iliá Repin retrata el macabro momento del asesinato:

Es cierto que después de muchas de sus atrocidades Iván parecía consumido por los remordimientos. En esos momentos se encerraba en conventos y exigía que se le inflingiesen torturas de todo tipo para expiar sus pecados. Pero Iván siempre volvía al trono, y su extrema crueldad no parecía menguar tras estos paréntesis religiosos.

Se cree que Iván sufría de Sífilis, cuyos perniciosos efectos sobre su cerebro eran agravados por un tratamiento con mercurio muy común en la época. Iván era un completo demente de cuyas decisiones dependía gran parte del mundo conocido.

El hombre que era Jueves

29 de Noviembre de 2008

Seguro que les ha ocurrido alguna vez que en una obra cuyo propósito principal es la empatización con el protagonista de la misma acaben prefiriendo de lejos al villano de turno; un tipo mucho más atractivo, del que salen las mejores citas y, en definitiva, el más carismático con diferencia.

Y esto es justo lo que ocurre con El hombre que era Jueves, del singular G.K. Chesterton. El trepidante de poetas bohemios y conspiraciones anarquistas pronto se desvirtua en una persecución un tanto simploide y un desenlace metafísico en el que el hombre se explaya con su particular diatriba acerca del orden de las cosas.

No obstante aquí les dejo con algunas perlas imborrables, por las que merece la pena un repasillo del libro:

Un artista es idéntico a un anarquista. Podría intercambiar uno los términos. Un anarquista es un artista. El hombre que lanza una bomba es un artista, porque prefiere un gran momento a todo lo demás. Entiende cuanto más valioso es un estallido de luz cegadora, un repiqueteo de truenos perfectos que los simples y vulgares cuerpos de unos policías informes. Un artista desprecia todos los gobiernos, elimina todas las convenciones. El poeta se deleita sólo en el desorden. Si no fuera así, la cosa más poética del mundo sería el ferrocarril metropolitano.

Seguimos con las bombas. Hagan el favor de imaginárselas como Dios manda: esferas metálicas negras con una buena mecha insertada.

Le dije: “¿Qué disfraz me ocultará al mundo? ¿Qué puedo encontrar que sea más respetable que un obispo o un militar?” Me miró con su rostro amplio pero indescifrable. “Quiere usted un disfraz seguro, dice? ¿Lo que necesita es un disfraz que garantice que garantice que es usted inofensivo; un disfraz que nadie registraría para encontrar una bomba?” Yo asentí. De repente elevó su voz de león. “¡Pues entonces, estúpido, disfrácese de anarquista!” Y su voz hizo temblar la habitación. “Nadie creerá que vaya usted a hacer nada peligroso.” Y me volvió su amplia espalda sin otra palabra. Seguí su consejo y nunca lo he lamentado. He predicado todo tipo de atrocidades a esas mujeres día y noche y -se lo juro- me dejarían empujar los cochecitos de sus niños.

¡Policías-filósofos de Scotland Yard desenmascarando atentados mediante el estudio de sonetos!

El trabajo del policía filósofo es a la vez más arriesgado y sutil que el de un detective corriente. El detective corriente va a las tabernas a arrestar a los ladrones; nosotros vamos a las reuniones de artistas a detectar pesimistas. El detective corriente descubre a partir de un libro de contabilidad o de un diario que se ha cometido un crimen. Nosotros descubrimos en un libro de sonetos que que cometerá un crimen. Tenemos que descubrir el origen de esos terribles pensamientos que conducen finalmente al hombre al fanatismo intelectual y al crimen intelectual.

Y como colofón aquí tienen la entrevista de trabajo que siempre he deseado:

- ¿Es usted el nuevo recluta? -preguntó el invisible jefe, que parecía saberlo todo sobre el asunto-. Muy bien. Está usted contratado.
-En realidad no tengo experiencia -empezó.
-Nadie tiene experiencia -dijo el otro- en la batalla de Armagedón.
-Pero es que en realidad no estoy preparado…
-Pero tiene usted voluntad y eso basta -dijo el desconocido.
-Bueno, francamente, no conozco ninguna profesión en la que la mera voluntad sea la prueba decisiva.
-Yo sí. Los mártires. Le estoy condenando a usted a muerte. Buenos días.

Pasatiempo: Encuentra los 5 errores

19 de Noviembre de 2008

Diamanda Galas en el Teatro Alfil

15 de Octubre de 2008

Ahí estaba yo hace escasas horas, en primera fila, con una perspectiva inmejorable para deleitarme con hasta la última mueca de esta gran mujer, que hasta para sonreír y dar las gracias parece obsequiar con otro rictus mortuorio. Y, por supuesto, para que sus imposibles registros vocales me recorriesen la columna cual descarga eléctrica, bien aderezados con pianos de graves solemnemente aporreados y agudos de estudiado desafine.

Diamanda Galas sola con su piano.

Diamanda Galas, sola con su piano.

¿Qué decir de ella? Les hablaría del terrorífico Vena Cava, de las Letanías de Satán ejecutadas en mitad de una iglesia, de sus extraños gospels y las versiones “deformadas” de clásicos desde luego no tan retorcidos, o de sus obsesiones como su reiterativa interpretación del SIDA como nueva plaga divina o la poesía simbolista francesa de finales del XIX… pero en realidad lo que quiero es dejar constancia de que estuve ahí y que en apenas un mes de diferencia también veré a Psychic TV y a los Residents. Todo un triunvirato de libro para los que, como un servidor, disfrutan como enanos de estos compositores malsanos, chirriantes, hiperbólicos y hasta absurdos, pero con un trasfondo sincero, con talento y verdadera razón de ser.

Y yo soy feliz, aunque casi en la ruina.

La cabeza de Haydn

20 de Setiembre de 2008

Hoy, queridos lectores, les voy a hablar de una fantástica historia de médicos demasiado entregados a su causa, de novedosas y complejas técnicas craneales, de profanaciones de tumbas, decapitaciones y cabezas de genios expuestas en reputados colectivos decimonónicas que se disputan su propiedad… Todo apunta a una nueva novelilla steampunk de gente como Tim Powers, ¿no es cierto? Pues no, mire ud por donde: esta morbosa historia es real como la vida misma, y ocurrió aquí mismo, en el Viejo Continente.

Pero lo mejor es que nos pongamos en situación: el los albores del siglo XIX una nueva ciencia o medicina causaba furor. La Frenología consistía en el estudio de la relación entre el carácter de una persona y la morfología de su cráneo, se remontaba a oscuras teorías aristotélicas y se apoyaba en estudios como los del del pensador suizo Lavater.

Y, claro está, un buen frenólogo que necesitaba material para su objeto de estudio estaba harto de analizar calaveras de ajusticiados, que debían de tener bien desarrollada el área dedicada a la maldad y a las fechorías pero poco espacio para el intelecto y la creatividad. Ellos querían estudiar la cabeza de un genio, diablos, y si el camino hacia esa meta contemplaba la profanación y la exhumación de un cadáver qué le iban a hacer. Todo en pos de la ciencia y el conocimiento.

Música, maestro:

En una terrible noche de 1809 dos personajes de buen parecer se presentan pala y faroles en mano en el cementerio vienés de Hundsthurm, donde pocos días antes había sido enterrado el maestro compositor Franz Joseph Haydn, considerado padre de la sinfonía, hijo pródigo de Austria y, lo más importante de todo en lo que concierne a esta historia, un absoluto genio de su época. La tarea parece que no fue demasiado agradable, puesto que el cadáver estaba en pleno proceso de descomposición y un fuerte hedor inundaba la escena, pero finalmente la cabeza fue cercenada satisfactoriamente y el cráneo limpiado para su correcto estudio.

Los profanadores y frenólogos aficionados eran Karl Rosenbaum, secretario de la familia empleadora de Haydn, los Esterházy, y el funcionario de prisiones Johann Nepomuk Peter, amigo personal del compositor. Posteriormente, ambos declararon que el área de la calavera dedicada a la música estaba “fuertemente desarrollada”.

Once años después el buen príncipe Nikolaus Esterházy II decidió que había llegado el momento de trasladar los restos del aclamado compositor de la familia a un lugar más digno, junto a sus propios seres queridos en Eisenstadt. Imagínense su sorpresa e indignación cuando le comunicaron que en la exhumación de los restos no se encontró nada en el lugar en que un ser humano suele tener ubicada la cabeza. Todas las sospechas recayeron instantáneamente sobre el dúo frenólogo, y las visitas policiales no se hicieron esperar.

Rosenbaum consevaba el cráneo en una artesanal caja negra de madera en su domicilio, pero fue alertado con la suficiente antelación (benditas sean las logias y círculos cerrados tan comunes en aquel maravilloso siglo) como para poner en práctica el siguiente plan: la preciada posesión fue escondida en la entrepierna de su señora esposa, a la sazón postrada en la cama por enfermedad, el único lugar de su casa que a buen seguro los remilgados oficiales vieneses no iban a registrar. Y ahí tenemos a nuestro genio, en la situación más comprometida de su vida y no-vida juntas.

A la muerte de estos dos científicos entregados -o rufianes de dudosa moralidad, según se mire- la calavera en cuestión fue donada a la Sociedad de Amigos de la Música, donde permaneció más de medio siglo como exhibición permanente y donde los simpáticos miembros de tan selecto club podían incluso manosearla como verdadero objeto de veneración.

Tras la II Guerra Mundial, la aristocrática familia volvió a la carga en el empeño de reclamar de nuevo la reunificación del cuerpo de Haydn, esta vez en un lujoso mausoleo de nueva construcción. Tras varias triquiñuelas por parte de la Sociedad de marras, con una reticencia férrea a entregar su más querido tesoro, finalmente se acordó el descanso en condiciones y el ensamblamiento de los restos al completo. Así que, estimados lectores, podríamos asegurar que este alma atormentada al fin descansa en paz tras un ajetreo infernal e indigno de tan reputado personaje. Pero podría haber sido peor, y si no miren a Mozart.

Y hasta aquí la lección de historia escabrosa de su buen amigo el Barón Rata. No duden en volver a este destartalado diario a por futuras raciones de truculencia vintage. ¡No pierdan la cabeza hasta entonces!

Jueves Negro en Madrid

7 de Setiembre de 2008

And this sick sick city is never gonna make me insane.

Blues for a gun, The Jesus & Mary Chain

Hay días en que mi propia morada se me antoja un tanto puñetera. Siento como si ejerciese una fuerza succionadora que anula mi voluntad y creatividad, a pesar de contar con los suficientes medios dentro de ella como para que esto no ocurra. Es un impulso primario de salir a las calles y deambular. Este pasado jueves fue una de esas ocasiones y aquí va esta entrada, con el fin de que la noctámbula y solitaria expedición perdure en en recuerdo.

Jueves Negro en Madrid

Esta escapada, naturalmente, tenía también como objetivo cierto deleite a través de cualquier medio; ya sea un poco de música, un buen libro o una peliculilla en condiciones. Había estado leyendo ese mismo día acerca de un ciclo spaguetti-western en la Filmoteca (Cine Doré) y no dudé ni un solo instante en ir como un campeón a tragarme Django, una bestialidad casi surrealista de las que sólo los italianos eran capaces. Prometía.

Paseando rumbo a Atocha a través del parque del Retiro fui escuchando unas tonadillas que esta rata aristocrática consideró adecuadas para esas horas crepusculares; anacronismos envolventes y repletos de misterio de la talla de The Great Grandfather, del incomparable Bo Diddley.

Picked his teeth with a huntin’ knife
He wore the same suit all-a his life
Oh-oh

Es fabuloso cuando con los sentidos aguzados y rastreando el entorno, acompañado de un buen temazo de banda sonora, mi ciudad de residencia, de la que he acabado hastiado, recobra por unos minutos la fascinación que ejercía sobre mí tiempo atrás, cuando aún no había habido tiempo de asociarla a nada. El típico piscis, que diría cierto anuncio de mierda.

Crimen en el Jazz BarTras comprar mi entrada en la desvencijada taquilla del Doré me dirigí a hacer tiempo (aún quedaba alrededor de hora y media para que comenzase la película) al Jazz Bar, donde estaban poniendo un concierto de Ella Fidgerald y el camarero preparaba unos inmensos cócteles llameantes a tres yanquis de mediana edad, obesos, afables y con cierta devoción por las canciones de la citada señora. Wonderful!, gorgeous! exclamaba intermitentemente el entrañable trío. Como podrán ustedes imaginar, era el perfecto escenario para acomodarse en un apartado rincón, pedir una Budweisser, liarse un buen cigarro Amsterdamer y sacar el libro de marras: Los mejores cuentos policiales, una bestial antología del inseparable combo Borges-Bioy Casares.

Tras acabar con un estupendo embrollo tropical llamado Tres hombres muertos (Eden Phillpots), le llegó el turno a Una salita cerca de la calle Edgware, de Graham Greene. Sólo con años y años de insistencia y permanencia en ciertos géneros desarrolla uno la capacidad de discernir automáticamente lo que es realmente sobresaliente, y conoce correcto uso de una serie de resortes inherentes a esa clase de literatura. Este era uno de esos casos: misterio, suspense, terror… llevados al límite en uno de los relatos más acongojantes que había leído en mucho tiempo. Y para colmo cuenta con un protagonista con un día terrible a cuestas y amargado con su entorno, que una noche decide refugiarse en un cine barato a ver una vieja película. ¿Les suena? Afortunadamente yo no me topé con la brutal y demente escena sangrienta del relato, ni con un compañero de butaca tan… inquietante, jeje. Parece mentira que el famoso autor de El Americano Impasible también escribiese esto:

“¿Por qué tiene que sucederme esto a mí? ¿Por qué a mí?”. Volvió a penetrar en el horror de su sueño; la escuálida y oscura calle era uno de los innumerables túneles que comunicaban las tumbas donde los cuerpos imperecederos yacían.

“Fue un sueño”, se dijo, y al apoyarse en la pared vio en el espejo, arriba del teléfono, su propia cara rociada por diminutas gotitas de sangre, como el rocío de un perfumero. Comenzó a gritar.

Una pequeña multitud comenzó a reunirse, y pronto acudió un policía.

Django

La hora llegó y volví al cine dándole vueltas al escabroso relatillo, con el tiempo suficiente para poder escoger una butaca en la fila siete, junto al pasillo. La sucesión de barrabasadas e incongruencias de aires arty a la italiana me entretuvo de lo lindo. Los elementos: forajido de procedencia ignota permanentemente arrastrando un ataúd por las desérticas colinas (Almería, naturalmente), miembros encapuchados de un primerizo Ku Kux Klan, mexicanos revolucionarios más simpáticos pero igualmente unos cabronazos… A destacar el tiroteo final en el cementerio y la impagable canción de los créditos, como si un Tom Jones de segunda y en un lamentable estado de ebriedad cantase las virtudes de este inefable pistolero: Django!!

De vuelta a casa aún me entretuve a hacer alguna instantánea de las calles madrileñas, bastante más animado por el gratificante plan que llegaba a su fin y por que ya se empiezan a notar los primeros mordiscos del frío otoñal en esta maldita ciudad.

Madrid de noche

Y llegados a este punto, queridos lectores, reivindico la soledad y la abstracción y divagación unipersonal en según qué noches y momentos. Yo desde luego lo llevo practicando encantado de un tiempo a aquí, y no precisamente por necesidad al carecer de relaciones sociales, que dista de ser el caso. Así que ya saben; es probable que me encuentren con mis enseres en cualquier tasca de mala muerte o en el café más glamouroso de la capital del Reino. Espero que si deciden acercarse a mí tengan una buena historia que contar.

El bueno de Howard (I): La Moda

1 de Setiembre de 2008

Creo que he desarrollado una capacidad para percibir la ropa que lleva un caballero y la que no. (…) Maldita sea, ¡¡O me visto con el buen gusto de Providence o me quedo en albornoz!! Algunos cortes de solapa, tejidos y modelos son reveladores. Me divierte ver cómo algunos de esos señoritingos y extranjeros se gastan fortunas en diversas clases de ropas costosas que consideran una prueba de sus gustos meritorios, pero que en realidad son su absoluta condenación social y estética… como si se pusieran un cartelito que proclamase con letras chillonas: “Soy un patán ignorante“, “Soy una rata de alcantarilla“, o “Soy un palurdo romo y sin gusto“… Vale más llevar los restos andrajosos y gastados de una ropa de gusto que lucir el traje más nuevo y flamante cuyo corte y estilo revelan los estigmas indelebles de la ordinariez y la decadencia.

Howard Phillips Lovecraft, en las cartas desde Nueva York a su tía Lilliian.

Apuesto a que si este gran hombre se diese una vuelta por un centro comercial actual tendríamos otra buena colección de terror cósmico.

The Sting-Rays

21 de Agosto de 2008

Eighties - I’m living in the Eighties
Eighties - I have to push, I prostitute myself
Eighties - I saw the whole world getting anxious
Eighties - I saw the worlds begin to march
And we sang
In these Eighties

Killing Joke - Eighties

Hoy, queridos lectores, les voy a hablar de una de esas joyas absolutamente infravaloradas de esa década tan recurrente, capaz de lo mejor y de lo peor: los manidos años 80. Y digo manidos porque un sector mayoritario de la población liderado por cuarentones sabihondos y chavalotes con ganas de aprender lo mínimo para quedar como señores entre sus pánfilos contertulios, siempre rescatan a los mismos. Pongamos un ejemplo: no me digan que no han escuchado en boca de más de uno alabanzas hacia Gang of Four y demás formaciones chirriantes que cuatro plumillas han adjudicado como referencia al nuevo post-punk bailongo del que media humanidad bienpensante ya está hasta las gónadas. Y esto únicamente referente a lo underground, que con el mainstream mejor no nos metemos por si nos salen sarpullidos.

Pues bien, lo cierto es que entre tanta laca, one hit wonders y demás estandartes del sonido ochentero como Dios manda (sí, ése de percusiones que parecen truenos, empalagosos sintetizadores, sentidas vocecillas de falsete y repetición de esquemas hasta la náusea) hay una auténtica barbaridad de bandas verdaderamente fascinantes que da gusto conocer y re-conocer, como es el caso. Gente que mezclaba sin despeinarse muchos de los estilos vigentes pero también esquemas de otras décadas, valiéndose de una situación posmoderna conseguida gracias a la maravillosa brecha que abrió el punk. Grupetes olvidados y sepultados de manera indignante, mientras que mediocridades infames como los Boomtown Rats de turno disfrutaban de cierta notoriedad.

Y aquí tenemos a esta humilde banda de nueva ola-garage con marcados toques rockabilly/psychobilly llamada Sting-Rays: unos muchachos del norte de Inglaterra que figuran esporádicamente en alguna recopilacioncilla de género, que telonearon a gente como los Cramps en sus giras por Europa y que gracias a Dios fueron auspiciados y rescatados por el sello Big Beat. Les adjunto unos cuantos temazos para que ustedes mismos saquen alguna conclusión.

The Sting-Rays: Selección de cuatro temas por El Señor Rata.

Si Behind the Beyond no es un hit en potencia que me aspen delante de todos; si con esa fabulosa mezcolanza que es Don’t Break Down no son capaces de sentir la necesidad de aullar moviendo el esqueleto; si las guitarras, a medio camino entre lo punzante y lo onírico, como si de un Tom Verlaine algo acelerado se tratase, de Tear Them Apart tampoco les convencen y si su I Want My Woman en directo está lejos de despertar su lado más cavernícola y berreante, entonces es que ustedes son de otro planeta distinto al mío. No se preocupen, no es óbice para no continuar saludándonos esporádicamente.

Y con esta labor de pura justicia musico-arqueológica se despide el roedor más miserable y amoral de la blogosfera, no sin antes instarles a que escarven y desentierren aun en las peores ciénagas y barrizales, que es donde se encuentran los huesos más sabrosos, los que se roen con el mayor de los deleites con la satisfacción del trabajo bien hecho.

La Praga de Rodolfo II: “De noche, bajo el puente de piedra”

11 de Agosto de 2008

- En la corte de Praga -escribió en una ocasión el embajador de España a su rey- lo extraordinario es cotidiano y a nadie le sorprende.

No sé si ustedes, camaradas lectores, han estado alguna vez en Praga, si han paseado por el puente de Carlos sobre el Moldava, visitado el Castillo, deambulado por el Barrio Viejo y el antiguo guetto judío, donde aún se conserva la sinagoga que según se dice esconde al inmortal Golem y el cementerio que alberga las venerables tumbas de todos esos grandes rabinos. Yo sí, y puedo atestiguar que si además poseen cierta capacidad de abstracción y evocación podrán imaginar perfectamente la ciudad en época pretérritas, sin la marabunta de turistas o vehículos y demás incómodos pero inevitables elementos modernos y discordantes.

Bien, pues desde esta turística ciudad de la vieja Bohemia, entre los siglos XVI y XVII, reinó Rodolfo II, hijo de Maximiliano I y educado en la corte de Felipe II. Su mandato, con residencia en el Castillo de Praga, supuso el empuje definitivo para convertir la ciudad en la llamada capital mágica de Europa. Rodolfo, de carácter abstraído, melancólico y taciturno, descuidó las tareas de Estado en favor de las artes y las ciencias, pero también de la magia y la alquimia. Por la corte deambulaban desde los personajes más válidos en sus áreas, como el astrónomo y matemático Kepler o el pintor Arcimboldo, hasta embaucadores de poca monta que prometían maravillas de todo tipo al crédulo Emperador. Muchos acababan en el foso o languideciendo en las mazmorras, pero valía la pena intentarlo, claro que sí.

Acompañen todo esto con cierta libertad de credo y tolerancia generalizada además de las muchas corrientes cultas provinientes del renacimiento italiano, los lazos con España y la difícil situación con el vecino Imperio otomano y tendrán el escenario ideal para imaginar historias de todo tipo. Y eso fue lo que hizo Leo Perutz, un tristemente olvidado escritor checo de la primera mitad del siglo XX que a buen seguro trataré algo más en un futuro, escribiendo un compendio de relatos interrelacionados en este marco espacio-temporal, desde la época pre-imperial de Rodolfo hasta años después de su muerte, con la Guerra de los 30 años entre católicos y protestantes ya iniciada.

En los diferentes cuentos nos encontramos con narraciones de nobles y de civiles, de de la corte pero también los barrios bajos y las peores tabernuchas. Pasen y vean: dos viejos cómicos judíos y su fantasmal percance en el cementerio, artistas pendencieros que recuerdan al crápula de Caravaggio, extravagantes barones croatas protagonistas de increíbles duelos a medianoche a ritmo de una mortal zarabanda (vaya capítulo, amigos), el venerable rabino Loew:estudioso de la cábala capaz de alterar el orden natural de los acontecimientos con su mágico poder ancestral, alquimistas que huyen a medianoche temiendo por su cuello al verse incapaces de transmutar el plomo en oro, valientes militares al mando de compañías de dragones (tropa habitual en las guerras contra los turcos) que…

Maldita sea, ¿quién puede resistirse a todo esto? ¿Y si además les digo que está escrito a la manera poética y ensoñadora de un cuento de hadas para adultos con constantes referencias a métodos cabalísticos y astrológicos reales, y conjuga impecablemente misticismo, melancolía y humor? Respuesta: nadie, o al menos nadie que deba seguir husmeando en este diario, ¡por todos los diablos!

Ejem, como iba diciendo antes del necesario exabrupto o advertencia, todos los personajes están verdaderamente cuidados, poseen alma y carácter y son capaces de encandilar por un sinfin de motivos, pero no hay duda de que las dos grandes figuras protagonistas, las que siempre están presentes de una u otra forma, son el propio emperador Rodolfo II y el poderoso judío prestamista Mordejai Meisl. El porqué de la extraña relación y los lazos espirituales y materiales que atan a ambas personalidades, provenientes de mundos tan antagónicos, no debe ser desvelado aquí, ya que el devenir de los acontecimientos está supeditado a ello y se podría decir que es la verdadera base del libro al completo.

Así que no se hable más: hagan el favor de abandonar este blog con la mayor presteza y diriíjanse a la librería de segunda mano más cercana, ya que lamentablemente el libro está descatalogado y sin reedición a la vista; o a la biblioteca, donde un servidor lo encontró sin ningún problema. Aunque, demonios, me temo que se ha convertido en un libro de cabecera instantáneo y ahora para conseguirlo me veré obligado a surcar mares y atravesar bosques y montañas cual judío errante. Sólo espero que los astros me sean favorables…

-Pero si se parece a Bernhard Russwurm -dijo el emperador y retrocedió un paso mientras levantaba un brazo-. ¿No es increíble cuánto se parece al Russwurm?

A veces el emperador se asustaba al ver caras desconocidas. Le inquietaban, creía conocer en ellas los rasgos de personas que hacía mucho que habían muerto, personas que según él le perseguían. Al general von Russwurm lo había mandado encarcerlar y fusilar hacía muchos años por haberse batido en duelo, y esta acción, cometida en un arranque de ira, pesaba sobre su conciencia. En cada nuevo rostro Russwurm lo miraba hostil y sarcástico, una y otra vez le vistitaba para amenazarle. (…)

Sin embargo, se parece a Bernhard Russwurm -gritó el emperador. Los dientes le castañeaban-. ¿Quién eres? ¿De dónde eres? ¿Vienes del infierno? (…)